La isla

El sol me daba en la cara, ya habíamos llegado. Se me hizo corto el viaje, a pesar de que al principio me daba miedo, me asustaba el recorrido. El agua del mar, de un lago, de un río es mágica, inspiradora pero también puede ser traicionera y arrebatadora. Yo quería ir contigo y tú querías hacer ese viaje, así que me metí los nervios en la boca y me los tragué. Tú te sentías como… sirena en el agua y yo… yo le iba cogiendo gusto al vaivén de la canoa, y a que tú guiases nuestro camino aunque sentada detrás de mí.

Aún no te conocía, no de verdad. Aún tenía muchas preguntas por hacerte, muchas conversaciones pendientes. Sin embargo ya confiaba en ti, o al menos ya comenzaba a confiar en lo que yo siento por ti, por eso hago cosas que me dan tanto miedo como curiosidad… y hacerlas contigo garantiza el desempate una y otra vez. Yo remaba, sí, pero eras tú quien llevaba el timón.

Bajamos de la canoa, yo con demasiado cuidado y por eso casi me caigo. Tú con la rapidez y destreza de quien ha estado en esa canoa muchas veces, sola y acompañada. Tenía los nervios a cien, no sabía qué hacer, qué decir, mientras tú asegurabas la canoa y preparabas esa isla para que pudiésemos tomar el sol. Comida, pintura, lienzo…estabas haciendo de aquel paseo en canoa un momento para la historia, y además, le dabas ese toque de película que ha caracterizado nuestra relación desde el principio.

Quise ayudar, así que dispuse las frutas de manera que la gravedad y la morfología del durazno lo hicieron probar el agua del lago, pero tú lo rescataste, ágil y pronta en el reflejo, como reflejo de tu rostro se creaba en el agua al recoger la fruta extraviada.

Yo miraba todo mi entorno con ojos curiosos. Era mi primera vez. En una isla así de pequeña, en un lago sueco, una tarde de verano, sintiendo el sol en la piel, teniéndole ganas a su calor y al de tu cuerpo. Como si ya no hubiese sido idílico el momento, sacaste tu bloc de lienzos y comenzaste a dibujarme, con carboncillo, a mí. Cada vez que parpadeaba sentía el sol, la brisa, el olor de la naturaleza, tu aroma, el sonido del agua, de barcos a lo lejos… estábamos en el paraíso.

Un vaso de vino

¿Por qué? ¿Quién me manda? ¿Por qué hago cosas de las que sé que me voy a arrepentir? ¿Por qué? ¿Por qué estoy aquí?

Nos sentamos frente a frente. Ella se arregló el pelo y yo me la quedé mirando, su cabello, su cuello, los ojos se me fueron algo más abajo. Sonrió. Siempre sonríe. Yo me sonrojé. Creo que con ella siempre me sonrojo. Ella parecía estar nerviosa, claro que es normal que esté un poco nerviosa en una primera… ci… un primer encuentro. A mí los nervios me recorrían todo el cuerpo, si no, ¿cómo explicar mi genial idea de comerme una bolsa entera de patatas mientras la esperaba? Patatas con sabor a ajo. Sí, ajo. Esa brillante idea me obligó a correr a un quiosco a por chicle, así que cuando regresé a nuestro punto de encuentro, ella ya estaba ahí, y aún hoy sigue creyendo que ella llegó primero a esa ci… a ese encuentro. Sonrió al verme, y a mí se me olvidó el ajo.

-¿Te apetece un aperitivo?- ya que ella había escogido el restaurante, en la zona pija de Estocolmo… (empezamos mal), yo me sentí en la obligación de sugerir una copa de vino con el aperitivo, creía que era una buena forma de romper el hielo, pero me equivoqué. A ella no le gusta el vino, el alcohol en general… un poco rarito, ¿no?

– Qué buena idea. – dijo ella mirándome a los ojos.

-¿Té apetece un rosé? – Sugerí.

– Nada de alcohol para mí, pero claro que tú puedes empezar con ese rosé. Yo me voy a  tomar un té. Tienen unos tés muy ricos aquí.

– Ajá… yo también… me tomaré un…te.- ¿Té? ¿Está de coña? ¿Té? Vale que es temprano pero es una cita… ¿no?

– No tienes que, tómate un vino.

-Un té suena… bien – Claro que quizás esto sí sea una  cita y ella  es… rara. ¿Qué fue lo que dijo Claudia cuando nos presentó?…

-Tómate un vino.  Entiendo que un té no te parezca tan interesante un jueves por la noche.

Acabé tomando un vino muy caro y demasiado dulce para mi gusto, pero que dije que estaba buenísimo. Dije muchas otras cosas que no eran ciertas para llenar los huecos que ella iba dejando.  ¿Por qué? Porque a ella le parecía bien hacer pausas en la conversación, ¡pausas! Es decir, quedarse en silencio… sentía mi corazón latir tan rápido que llegué a pensar me lo iba a escuchar en uno de eses huecos llenos de silencio.

Una ci… La primera cita con ella. Me gusta mucho, pero a ella no le gusta el alcohol.  ¿Por qué? Espero que no sea musulmana, nada de religiones conmigo. Eso de curas, dios, verdad absoluta… no, no es mi rollo. Tiene rasgos árabes. No quiero que me guste una musulmana, eso sería complicado. Supongo que podría decir algo como “Así que nada de alcohol…” No.  La  haría sentir incómoda. Es una pregunta incómoda. A mí hasta la silla me parece incómoda si pienso en sacar el tema.

-Te puedo preguntar por qué…

– ¿Os habéis decidido o necesitáis más tiempo? – dijo la camarera… británica debía de ser… menudo timing. Se ha quedado sin propina.

– Sí, ya estamos – dijo mi chi..ci..t..amiga – Yo quiero…

Pedimos de cenar y de beber. Ella pidió agua mientras que yo quería la carta de vinos… y saber si era musulmana, quizás solo sea rarita y ya, una geek que no  puede tomarse un vinito un jueves por la noche. Es tan linda… tan dulce.  Tiene que tener algún defecto muy gordo, algo que no encaje conmigo.  Es tan guapa… ¿Cuál sería el problema si fuese musulmana?  Sé bien que puede ser musulmana y gay a la vez…y esto sí que puede ser una cita.

¿Qué pasa si fuma? me importa demasiado mi salud para salir con una fumadora.

-¿No te gusta el vino?…

-¡Me encanta el vino! Suelo tomar blanco pero no hay nada mejor que un buen tinto. Amargo.

-Pero… entonces… estás… ¿embarazada?

-No, no, seguro que no- dijo entre risas. No carcajadas, sino una risa muy dulce…¿”dulce”? ¿He dicho “dulce”? ¿¡Qué me está pasando!? – El vino y el queso hay que aprender a disfrutarlos -continuó, llenando ella esta vez el silencio -apreciar su sabor. Para mí el tinto fue todo un reto por eso es mi favorito. ¿Sueles tomar rosé?

-Yo … la verdad …es que creo que lo que más me gusta es… escuchar el consejo de alguien que sabe más que yo. ¿Qué me recomiendas? Que si vuelve la camarera y aún no me he decidido, se va a enfadar. ¿Me enseñas a apreciar un buen vino?

-Sí… claro… pero quizás en unas semanas. He estado entrenando mucho para una competencia, amateur, pero aún así, es importante.

Era por eso…

Hablamos de deporte y gimnasio hasta que el vino llegó a la mesa. Me gusta cómo habla, con un tono de voz ni muy agudo ni muy grave, y con calma… sin apurar las palabras. Dándoles espacio para que bailen y transmitan todo lo que puedan.  Ella las hace libres mientras que a mí se me atragantan.

– Me gusta. Creo que fue la elección correcta. -dije y esta vez fui sincera.

-Sí, es un buen vino- dijo al coger la botella y leerla de nuevo. Le había echado un vistazo de reojo mientras la camarera me la enseñaba al dejarla en la mesa. Comenzó a contarme sobre uvas y cosechas, años y cosas de esas… parecía saber de verdad de lo que hablaba. Antes de terminar con ese primer vaso de vino tinto me di cuenta de que me podía enamorar de ella… si me atrevía a perder el miedo, claro.

Un año después

La niña juega con su pelota en el jardín; el padre la vigila desde la ventana, sólo sus ojos se dirigen a ella, pues sus oídos se centran en la despedida que tiene lugar en su sala de estar. Media hora antes había llegado la que había sido novia de su hijo, y quien tanto había sufrido cuando éste partió rumbo a África. Ahora es ella la que se apresura en salir de ahí y él quien retiene su mano. La niña chuta muy fuerte y la pelota casi pasa la valla del jardín, su padre suspira mientras trata de fisgar lo que ocurre en la sala: ya están muy cerca de la puerta y él sigue buscando reanimar una conversación que ella liquida con delicadeza. Los cuatro están fingiendo, tejiendo su estrategia, esperando el momento justo para dar la estocada final. La niña sólo intenta sacar la pelota del jardín para poder llegar cerca de la casa de su vecina y quedarse allí a jugar; el padre se muere por ir a la sala y dar su opinión, por darle voz a los consejos que ahora resuenan en su mente; su hijo no encuentra el momento de pedir perdón, mientras su exnovia espera impaciente a que lo haga para poder hacerle todos los reproches que guarda en su interior. El padre desde la cocina es el primero en atacar, lleva un par de tazas de café como arma principal y deja caer una bomba con sólo un par de palabras, «Hoffnung Sommerschule…» adonde se fueron siendo vecinos y regresaron siendo mucho más. La niña aprovecha la falta de vigilancia y se escapa a casa de su amiga. La chica hace el primer reproche entre líneas y luego se arma una gran discusión. El padre sale también de la casa hacia el jardín, desde donde ve llegar el coche de la nueva pareja de la chica, quien lo saluda con su inseparable sonrisa. Dentro, él por fin pide perdón y promete no volver a marchase, ella se escucha decir «…ocurren demasiadas cosas en un año, cambian muchos factores y a veces las cosas no pueden volver a ser lo que una vez fueron…» en silencio le mira a los ojos mientrasse lleva las manos al vientre, él los cierra con todas sus fuerzas y deja escapar un par de lágrimas mientras se lleva las manos a la cabeza.

ríos sin mar

Me conmueven sus zapatos viejos

pero limpios

su ropa simple

sin esfuerzo

su jornada de 16 o 18 horas

entre trabajo y casa

Me conmueve su paciencia

el cariño hacia sus hijas

Me conmueve su humildad serena

sin pizca de conformidad,

cómo se levanta cada día

a veces siendo su único desayuno

un “buenos días, mamá”

Admiro su persistencia

remando en ríos sin mar

Travesuras

Media hora para salir a jugar

Escondida de todos

Donde puede reír y llorar

Juega con la arena, las piedras

El agua del mar

Ríe porque puede abrazarse así misma

Llora porque no puedan hacerlo los demás

Un trozo de chocolate

O algo de fruta

Da igual

Todo sabe más dulce

en aquel lugar

Mira sus manos

Se quiere besar

Quiere besar también la arena

Y agua de su mar

Llora de alegría

Y ríe de soledad

Palabras que viajan en el tiempo

Palabras que viajan en el tiempo,

recogidas en libretas de años pasados,

vivas y turbulentas,

como un virus,

luchan por no desaparecer.

Palabras escritas desde la infancia,

que viajan en el tiempo,

que dan consuelo y calor,

que recuerdan la inocencia,

perdida,

hablan de quien soy.

Palabras que viajan en el tiempo,

que cantan y tocan,

y sensibilizan la piel,

secan la boca,

esperando un beso,

preguntan si sé quien fui

Si soy

o dejé de ser.