Quizás allí esté la diferencia
en esas tardes de verano
en esas palabras compartidas
en lo cotidiano de una sonrisa
Y sus risas.
Quizás allí esté la diferencia
en ese atardecer rosado
que me recuerda los momentos
que tuve
y no disfruté
Quizás allí esté la diferencia
en esas tardes de verano
en esas palabras compartidas
en lo cotidiano de una sonrisa
Y sus risas.
Quizás allí esté la diferencia
en ese atardecer rosado
que me recuerda los momentos
que tuve
y no disfruté
Me conmueven sus zapatos viejos
pero limpios
su ropa simple
sin esfuerzo
su jornada de 16 o 18 horas
entre trabajo y casa
Me conmueve su paciencia
el cariño hacia sus hijas
Me conmueve su humildad serena
sin pizca de conformidad,
cómo se levanta cada día
a veces siendo su único desayuno
un “buenos días, mamá”
Admiro su persistencia
remando en ríos sin mar
Media hora para salir a jugar
Escondida de todos
Donde puede reír y llorar
Juega con la arena, las piedras
El agua del mar
Ríe porque puede abrazarse así misma
Llora porque no puedan hacerlo los demás
Un trozo de chocolate
O algo de fruta
Da igual
Todo sabe más dulce
en aquel lugar
Mira sus manos
Se quiere besar
Quiere besar también la arena
Y agua de su mar
Llora de alegría
Y ríe de soledad
Palabras que viajan en el tiempo,
recogidas en libretas de años pasados,
vivas y turbulentas,
como un virus,
luchan por no desaparecer.
Palabras escritas desde la infancia,
que viajan en el tiempo,
que dan consuelo y calor,
que recuerdan la inocencia,
perdida,
hablan de quien soy.
Palabras que viajan en el tiempo,
que cantan y tocan,
y sensibilizan la piel,
secan la boca,
esperando un beso,
preguntan si sé quien fui
Si soy
o dejé de ser.